REPORTAJES

7 FEBRERO DE 2017

Por Raquel Lombas

Silencio en la sala

Hay momentos para todos los volúmenes y tímpanos. Bien podemos escuchar un atronador concierto de AC/DC imbuidos en el espíritu heavy metal o comer en un restaurante gritándole al compañero de mesa porque los altavoces disparan música sin cesar. Pero, ¿y si quisiéramos algo de sosiego gastronómico? Ramón Freixa nos cuenta cómo lograr comer sin ruido.  

Vivimos en el segundo país más ruidoso del mundo según la OMS, solo por detrás de Japón. El ruido está en las calles, en las oficinas, inunda las carreteras repletas de tráfico, las casas y hasta los hospitales tienen un murmullo sordo, que a ratos explota en alboroto.

Si para casi todos nosotros el ruido excesivo implica estrés, irritabilidad, falta de concentración o insomnio, para las personas con deficiencias auditivas tiene consecuencias aún mayores. Eva Rodríguez, madre de Óscar, un niño de 12 años con deficiencia auditiva severa, apunta a que cuando entran en un restaurante ruidoso Óscar apaga el procesador de sonido de su implante y se desconecta del mundo. “Tiene una memoria auditiva menor que los que oímos desde siempre, así que se sobresalta ante ruidos nuevos y desconocidos”, asegura. 

Y esos ambientes subidos de tono (literalmente) también pueden ser gastronómicos. El cocinero Ramón Freixa apadrina el proyecto Comer sin ruido, iniciativa de la Asociación CLAVE, para lograr espacios acústicamente amables. “El verdadero lujo –cuenta Freixa– es el que está ahí aunque no se note. Y eso es lo que sucede con los espacios acondicionados contra el ruido”.   

Separar las mesas, aislar del exterior, minimizar el volumen de aparatos audiovisuales o disponer de una decoración pensada para absorber el sonido son algunos de los aspectos sugeridos para conseguirlo. Según Carmen Abascal, directora de la asociación, “los críticos gastronómicos deberían tener muy en cuenta el aspecto acústico a la hora de valorar un restaurante, independientemente de que tenga no tenga soles. Este es un factor importante a la hora de disfrutar de una comida”. 

Pero tanto Abascal como Freixa están de acuerdo en que no todos los restaurantes tienen porqué ser iguales, ni en este, ni en ningún otro aspecto. En la variedad está el gusto. “Cada momento y circunstancia precisa lo suyo. Hay restaurantes pensados para ser bulliciosos y tener la música alta que también pueden tener mucha gracia”, señala Freixa, porque la frontera entre ruido ensordecedor y alegre bullicio no está tanto en los decibelios, como en el concepto y orientación del restaurante.  

Hay días en los que apetece la tranquilidad y vistas de la preciosa sala del Ático de Freixa y otros en los que no cambiaríamos por nada la barra y la música electrónica del StreetXO, ¿verdad?

 

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